El Foro Económico Mundial de Davos fue escenario de uno de los debates más inquietantes de los últimos años: la posibilidad de que la inteligencia artificial alcance —y supere— las capacidades humanas en un plazo muy corto. Las proyecciones de Dario Amodei, CEO de Anthropic, y Demis Hassabis, director de Google DeepMind, colocaron ese horizonte entre uno y cinco años.
Ambos coincidieron en que no se trata de una evolución tecnológica más, sino de un salto histórico que desafía la forma en que funcionan las instituciones, los mercados y los sistemas políticos. Para describir este momento, hablaron de una especie de “adolescencia tecnológica”: una etapa poderosa, pero inestable, que requiere control, cooperación y reglas globales.
Amodei sostuvo que para 2026 o 2027 podría existir un modelo capaz de igualar el rendimiento de un ser humano al nivel de un Premio Nobel. Según explicó, la propia IA ya está participando en el desarrollo de sus versiones futuras, acelerando el ciclo de innovación de forma inédita.
“Ya hay ingenieros que no escriben código: dejan que el modelo lo haga y solo revisan”, afirmó. En su visión, en menos de un año la IA podría realizar de punta a punta el trabajo que hoy hace un programador.
Hassabis, en cambio, fue más cauto: estimó un 50% de probabilidades de alcanzar una inteligencia artificial general hacia el final de la década. Reconoció avances enormes en programación y matemáticas, pero advirtió que en las ciencias naturales aún hay límites, sobre todo por la necesidad de verificación experimental y creatividad original.
El debate también expuso cómo se reconfigura la competencia global. Hassabis aseguró que Google volvió a liderar el desarrollo con el lanzamiento de Gemini 3, tras recuperar una lógica de innovación rápida dentro de la empresa.
Amodei defendió el rol de los laboratorios independientes y reveló que Anthropic pasó de facturar 100 millones de dólares en 2023 a 1.000 millones en 2024, con una proyección de 10.000 millones para 2025. Ambos coincidieron en que el liderazgo futuro estará en manos de equipos científicos, no solo comerciales.
Uno de los momentos más tensos fue cuando Amodei comparó la venta de chips avanzados a rivales geopolíticos con “vender armas nucleares”. Alertó sobre el riesgo de que estas tecnologías terminen potenciando el bioterrorismo o conflictos internacionales.
También subrayó que el mundo carece de instituciones preparadas para administrar una tecnología tan poderosa. “Esto es una crisis que debería concentrar casi toda nuestra atención”, afirmó.
En el plano económico, Amodei advirtió que hasta la mitad de los empleos administrativos de nivel inicial podrían desaparecer en pocos años. Hassabis coincidió en que ya se nota una caída en la contratación de pasantes y recomendó a los jóvenes dominar estas herramientas para no quedar afuera del mercado.
Pero el mayor desafío, según Hassabis, no será solo laboral, sino existencial: qué hará la humanidad cuando la productividad deje de ser el centro de la vida. “Habrá que repensar cómo distribuir la riqueza y cómo encontrar propósito en un mundo distinto”, señaló.
El cierre del debate fue casi filosófico. A partir de la Paradoja de Fermi —que pregunta por qué no vemos otras civilizaciones en el universo—, Hassabis sostuvo que quizás la humanidad ya superó los grandes filtros de extinción. El futuro, dijo, dependerá de cómo administremos este poder.
Ambos coincidieron en que el verdadero punto de inflexión llegará cuando la IA pueda diseñar otras IA. Ese día, advirtieron, la humanidad podría entrar en una era de progreso extraordinario… o de emergencia total.